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¡Atlántico infinito, tú que mi canto ordenas!

Cada vez que mis pasos me llevan a tu parte,

siento que nueva sangre palpita por mis venas

y, a la vez que mi cuerpo, cobra salud mi arte…

Oda al Atlántico, XXIV. Las Rosas de Hércules, Libro Segundo. Tomás Morales

Estos días de descaso en Semana Santa vienen muy bien para descubrir lugares que solemos ver de lejos o pasando con el coche. Y acercándonos al monumento de El Atlante es una manera de aprovechar esos momentos y de llevarnos gratas sorpresas.

El monumento de El Atlante, obra del artista Tony Gallardo, fue colocado en la conocida Carretera del Norte GC-2, a la salida -o entrada- de la capital de la isla, Las Palmas de Gran Canaria. Un pequeño espacio del litoral norte de la isla que no pasa desapercibido. Actualmente es un Bien de Interés Cultural de Las Palmas de Gran Canaria, declarado como tal en el año 2018.

Y bien, tantas veces que paseamos acercándonos al monumento de El Atlante y no solemos adentrarnos en su significado e historia; al menos a mí suele sucederme. Un lugar tan majestuoso como ese es en mi opinión, un referente insular, e incluso regional, de la llegada de la democracia al país tras la dictadura franquista; uno entre tantos iconos. Finalizada su colocación en el año 1986, esta pieza escultórica de un solo cuerpo está conformada por roca y lava volcánica procedente de La Isleta, y fue un encargo del Gobierno de Canarias al artista Tony Gallardo, en un momento en el que el gobierno regional trabajaba en la creación de infraestructuras y recuperación de espacios públicos para el uso y disfrute de la población.

El Atlante cuenta con unas medidas de 8,50 metros de alto y 3,50 metros de ancho aproximadamente. Y no solo es la escultura lo que conforma al monumento. También está incluida la amplia base de piedra y picón sobre la que descansa. Y el Bien de Interés Cultural es toda la plataforma en la que el monumento se incrusta, paseos y zonas ajardinadas que animan al disfrute. Toda una ocupación y modificación del espacio público en un entorno en el que hacía poco tiempo que se había abierto la Carretera del Norte tal como la conocemos hoy, en una zona de acantilados alejada y poco conocida de la ciudad y de la isla.

A mi juicio, fue acertada la actuación en este espacio, pues su puesta en valor coincide con la intervención ante una reciente infraestructura viaria en una zona de acantilados poco conocida o valorada, además de transmitir el sentir isleño ante la conjugación de la propia isla con el inmenso Atlántico.

Inmerso en las corrientes artísticas y culturales del momento, Gallardo se encontraba haciendo una nueva lectura de la idea figurativa tras su llegada de Madrid, adentrándose en la figuración humana. y el nombre escogido para esta obra, El Atlante, tiene su propio significado.

Así, acercándonos al Monumento de El Atlante, no solo disfrutamos de un bello entorno que une la naturaleza y lo humano, sino que también nos vincula, a través de las artes, a nuestro propio entorno y nuestro propio patrimonio insular y regional.

Importancia del monumento

Atendiendo a la Declaración de Bien Cultural de El Atlante de 2018, rescato estos párrafos que explican a la perfección no solo su significado, sino también su valor e importancia:

El Atlante es el hijo de la Atlántida, uno de los orígenes mitológicos del archipiélago. El Atlante es el hijo del mar y de la isla. Un ámbito de amplias resonancias en el modernismo insular, en donde lo encontramos en la memoria de Tomás Morales, de Alonso Quesada, de Saulo Torón. Lo encontramos también en las primeras vanguardias, en el Lancelot 28-7, de Agustín Espinosa, en el marinerismo albertiano de La Rosa de los Vientos. Y lo encontramos, también ampliamente, en el verso de Manolo Padorno, compañero de generación de Tony Gallardo. El Atlante no es solo un constructo literario, sino que conforma parte de la retina del modernismo de Hurtado de Mendoza y del universo plástico de Néstor Martín Fernández de la Torre. Debemos traer aquí a la memoria Hércules formando la tumba de Pirene, el lienzo de mayor tamaño del Museo Néstor de Las Palmas de Gran Canaria. En esta pintura, un enorme héroe amasa coladas de lava para levantar la tumba de Pirene, asunto que Néstor toma del Canto Primero de La Atlántida de Verdaguer. Una larga herencia artística y literaria que el artista reivindicaba ya en un texto que escribe -en los inicios de su serie “Callao”-, para el catálogo de la exposición que abre en 1978 en la Galería Botticelli de Las Palmas de Gran Canaria: “El callao ha conservado, desde el tiempo de los tiempos, su virginidad atlántica/mítica. Yo fui arrullado -como todos los playeros- por el eterno rodar del callao, y he admirado (deseado) sus formas con el amor imposible de un escultor/marinero”. “El Atlante” debe entenderse también en el marco de la nueva política cultural impulsada por el socialista Jerónimo Saavedra desde el primer Gobierno de Canarias, quien también promoverá la exposición de la serie “Héroes Atlánticos” del pintor Pepe Dámaso, que se presentará en 1984.

El título “El Atlante” es una reivindicación, pues, de las raíces y la tradición insular en sintonía con el concepto de Genius Loci levantado por Bonito Oliva. Una reivindicación que se apoyaba también en la nueva cultura de la España de las Autonomías. Pero hay más. “El Atlante” de Gallardo suma a lo local y lo político lo universal, dado que los cíclopes son, también, uno de los temas mitológicos más queridos. Como se recordará, los cíclopes era una tribu de gigantes con un solo ojo descubierta por Ulises en una lejana isla llamada Hesperia, el solar del Jardín de las Hespérides, ámbito que nos devuelve nuevamente al modernismo insular.

“El Atlante” es un conjunto de miradas sobre el territorio a partir de la historia del arte y de la literatura que se levanta desde la técnica del collage. Una técnica sobre la que se había asomado ya en 1966 y 1967, poco antes de entrar en la cárcel (véase obras como Máquina II o Periscopio, por ejemplo). El collage no solo remite a la historia local -Juan Ismael-, sino al propio concepto de la historia del arte como tablero de juego de imágenes intercambiables tan querido a la postmodernidad: «Respecto del Atlante, él mismo [Gallardo] subraya la dimensión de sorpresa que tuvo su tarea de elegir los trozos de lava que habían de componer las distintas partes de la anatomía de la monumental figura. Ante él estaban dispuestas una serie de piedras, catalogadas por tamaños y por tipos. Las fotografías de esos campos de lava son verdaderamente extrañas. Las piedras cobran en ellas la apariencia de trofeos bélicos o cinegéticos. Se trataba de ir encontrando qué trozo podía convenir para la cabeza, y cuáles para las piernas y los brazos, y cuál para el pecho, y cuál para la cabellera, y cuáles para las nalgas. En un trabajo de esta índole, lo fundamental es la intuición, la rapidez a la hora de las asociaciones. En otros tiempos, sometido a una disciplina mucho más rígida, el escultor habría rechazado muchas de las posibilidades que se le ofrecían, y especialmente las figurativas. Ahora, en cambio, estaba dispuesto a no rechazar nada a priori, ninguna sugerencia, ningún impulso, por barroco, por descabellado y poco codificado que en un principio se le pudiera aparecer. Y así, a medida que iba cobrando altura y vuelo El Atlante, a medida que iba dibujándose en el espacio su danza, se multiplicaban las sorpresas (…)».

Acercándonos al monumento de El Atlante también nos acercamos al sentimiento isleño, a la idea y definición del concepto de isla, que varía según quién lo defina. Además, el sentimiento de pertenencia a una sociedad es también un aspecto que creo que se percibe en este espacio.

La unión de la isla y el océano a través de una monumental obra como El Atlante, nos hace replantearnos quizá la redefinición de la idea de identidad canaria, que a modo de deconstrucción, podemos volver a crear una nueva identidad canaria que no olvide sus raíces ni dé de lado a lo que nos ha definido desde siempre como islas en medio del Atlántico.

Acercándonos al monumento de El Atlante nos acercamos a nosotros mismos.