Por Irene Hidalgo, pintora.
Hola, soy Irene Hidalgo, tengo 19 años y soy pintora en Gran Canaria. Hace poco expuse en la Sala de Exposiciones La Caldereta, un espacio cultural de San Mateo, dentro del Circuito Itineraria de Artes Plásticas 2025/2026, del Cabildo de Gran Canaria, y quería aprovechar este espacio para hablar de algo que siempre atraviesa mi trabajo: la pertenencia.

Escuchar con los ojos
Esta idea de pertenencia en la pintura está profundamente ligada a mi discapacidad auditiva. Desde niña aprendí a “escuchar” con los ojos. Comparo a menudo esta sensación con estar bajo el agua, una experiencia que se hace visible en muchas de mis obras y la cual se convirtió en mi manera de darle sentido a esa percepción del mundo.
La audición puede entenderse también como una forma de conciencia. No solo como la capacidad de oír, sino como la disposición a escuchar, a estar atentos a lo que ocurre sin necesidad de responder de inmediato. En ese sentido, es un sentido que colectivamente hemos ido perdiendo. En un mundo saturado de estímulos, velocidad y ruido constante, dejamos de escuchar de verdad.
Esta pérdida no nos saca del mundo, pero nos distancia de él. La distancia de pertenecer aparece cuando seguimos formando parte de un sistema que no nos escucha y al que ya tampoco sabemos escuchar, donde estar presente se vuelve cada vez más difícil.

La distancia en mi obra
Como artista de medios mixtos, gran parte de mi trabajo gira en torno a la presencia y a aquello que es difícil de expresar mediante un lenguaje tangible. Me fascina cómo el silencio puede tomar forma dentro de una imagen y cómo ciertas distancias emocionales se vuelven visibles en espacios cotidianos.
Aunque mis retratos puedan transmitir una sensación de extrañeza, crean un pequeño espacio de reconocimiento entre quien observa y lo observado.
En el arte, en todos sus ámbitos, el espectador se enfrenta a interpretaciones de la vida expresadas por un medio abstracto que, aunque cargadas de significado, no buscan resolución ni interpretación única. El cuadro nos observa desde su aparente indiferencia, y nosotros lo miramos de vuelta sin necesidad de comprenderlo por completo. Es en esa distancia, en ese margen entre lo que es y lo que esperamos que sea, donde surge una tranquilidad que solo requiere presencia. El arte cobra vida en ese encuentro, convirtiéndose en parte del imaginario colectivo.

“Diálogo Sordo”
Una de las piezas que mejor expresa lo que intento comunicar es Diálogo Sordo. La pintura muestra a una niña tocando el piano, con los colores invertidos, y existe solo en el instante en que se realiza. Para mí, refleja la fugacidad del sonido y cómo, al intentar capturar la música, tratamos de darle permanencia a algo que, por naturaleza, es imposible de retener.
Lo que vemos ya forma parte de lo que fue; el sentido del arte no está en retenerlo, sino en el gesto mismo de mirarlo, aunque sepamos que la mirada llega tarde. La obra crea un diálogo sordo donde las respuestas se encuentran en lo que queda sin decir.

Animales y pertenencia
Por otro lado, cuando pinto animales, pienso en la realidad que ocupan dentro de nuestro mundo. Los animales conviven con nosotros, pero casi nunca desde un lugar de igualdad. Su existencia suele estar atravesada por jerarquías que valen en función de para qué nos sirven, de cómo encajan en nuestras normas o de cuánto se parecen a nosotros. Rara vez se les permite simplemente existir sin ser clasificados, usados o interpretados.
Hablar de deshacer jerarquías es cuestionar esa estructura que coloca al ser humano siempre en el centro y relega a los demás seres a un segundo plano. En mis pinturas, los animales no están ahí para cumplir un rol, ni para simbolizar algo, ni para justificar su presencia. Comparten el espacio con nosotros, pero no nos pertenecen.
Devolverles una presencia que no busca ser útil es, en el fondo, reconocerles una forma de estar que no depende de nosotros. Su relevancia no está en su función, sino en su existencia misma. Al observarlos así, también se pone en duda nuestra propia idea de pertenecer a un mundo que constantemente nos exige ser productivos, funcionales o significativos. Los animales se convierten entonces en un espejo que nos enfrentan a la posibilidad de existir sin tener que demostrar valor, y nos obligan a reconocer las jerarquías que hemos normalizado sin cuestionarlas.

Cuanto mas intentamos encajar, más nos alejamos
La sensación de pertenencia atraviesa todo mi trabajo. Cada obra encapsula distintas formas de habitar el espacio entre el ser y el estar. En un mundo que, más que comprender, busca organizar, clasificar y, muchas veces, alejar. Se nos enseña a pertenecer a través de la productividad y la constante adaptación, incluso cuando eso implica desconectarnos de nuestra experiencia mas inmediata.
Cuanto más intentamos encajar, más nos alejamos. Quizá por eso observar nuestra propia ausencia es aceptar que pertenecer, hoy, quizá solo sea reconocer la distancia que nos separa de la realidad que creemos reconocer.
Gracias por leer. – Irene Hidalgo.

Desde DogArtes Espacio para las Artes, agradecemos a Irene Hidalgo su aportación para DogArtéate!!