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Encontrar de casualidad por redes sociales unas fotos que muestran unos cuadros que llaman la atención, es como regalar algo distinto a alguien que tiene mucha ilusión de recibirlo.

Y esto justamente me pasó hace algunos días cuando vi unas imágenes de unos cuadros del artista Armando Gil que expone actualmente en el Museo de Abraham Cárdenes en Tejeda, Gran Canaria. Compartidas por mi amigo Flavio -una fuente sorprendente de conocimiento-, las fotos me resultaron llamativas tanto por las formas como por el color empleado por el artista.

Tal es así, que el fin de semana reservé unas horas para visitar el Museo y la muestra <<Ideogramas>>, en uno de los pueblos más bonitos de España. Y el resultado fue que Armando Gil sorprende con su universo propio, con su lenguaje y la seguridad que muestra en lo que hace. No sabía que Gil había decidido establecer uno de sus estudios de trabajo en Tejeda, lo que lo vincula aún más al entorno donde se mueve, tanto la isla, la urbe y el mundo rural.

Lienzos de tamaño 90×180 o 180×90, si se trata de una distribución vertical u horizontal, utiliza como técnica acrílicos y tinta china. Sobre fondo de color casi uniforme, Gil desarrolla sus paisajes inventados con trazos laberínticos que va uniendo entre figura y figura a modo de movimiento, de salto entre un punto y otro del lienzo, avanzando a través de sus figuras bordeadas con la tinta china bien remarcada que crea pasillos sinuosos entre imágenes.

Si nos paramos a observar bien, podemos recrear figuras con rasgos animales, humanos y vegetales, con símbolos y trazos que recuerdan a las culturas precolombinas. Quizá Gil buscaba adentrarse en en el desarrollo de la vida en diferentes contextos, como la selva -animal y humana-, la necesaria relación entre naturaleza y ser humano, llamando a la cordura. Bien puede ser este último planteamiento una reflexión y mensajes idealistas para los tiempos que corren. Nunca viene mal plantearse de vez en cuando una utopía, quién sabe.

Colores vivos protagonizan esos mundos plasmados en lienzos grandes. Ojos, manos, círculos, triángulos y cuadrados que nos trasladan al imaginario de Armando Gil que tanto me sorprendió cuando lo vi en imágenes. Y muy satisfecho al ver la obra en persona.

En conversaciones con Flavio, me comentaba que parece que Armando Gil tiene un modo de composición totémica, que da orden a la unidad ya acabada. También me decía Flavio que las piezas transmiten una especie de horror vacui, ese miedo al vacío, esa ansia de rellenar el espacio en blanco del lienzo donde trabaja Gil. Un horror vacui tranquilo, sosegado y vivo, con un dinamismo que anima a recorrer la senda marcada por las figuras y los submundos donde Armando Gil se mueve como pez en el agua.

Descubrir obras que gustan -o quizá no-, que transmiten un mensaje o una idea nada más verlas, es un fenómeno que mantiene la mente activa y reta a los sentidos a recrear lo que la mano del artista y todo su saber ha querido compartir con la sociedad. Y creo que Armando Gil lo ha conseguido conmigo. Y ha merecido la pena impregnarme de su color y sobre todo de sus peculiares formas.